
“Achalay cuando llega la tarde, achalay el jilguero de mi alma y llegando pa´ Tafí del Valle, toda el alma se me vuelve zamba”, canta por lo bajo la Viajera Intrépida, mientras se adentra en Tafí del Valle, “pueblo de entrada espléndida”, según la definición de los indios diaguitas, quienes han tenido una gran influencia sobre los antiguos habitantes de estas maravillosas tierras, que marcan el ingreso a los Valles Calchaquíes Tucumanos.
No hace falta andar mucho para notar en seguida la paz que el paisaje de esta villa turística por excelencia trasmite a todo aquel que la visita. Enclavada entre multitud de cerros que dominan el panorama, Tafí se sitúa a 2000 metros sobre el nivel del mar. Encanta desde su paisaje manso, la tranquilidad de sus calles y la amabilidad de los pobladores que siguen caminando por allí a paso lento, como si todavía se tratase de aquel pequeño pueblo de décadas atrás, cuando aún no había conocido el despegue turístico de la actualidad.
Ideal para recorrer todo el año, su clima ayuda a que sea el destino elegido por muchos turistas que llegan a la Argentina para conocer las beldades de su territorio. En invierno se cubre de blanco, pero en verano se diferencia del resto de las zonas del noroeste argentino, presentando temperaturas templadas. Por eso la Viajera no ha olvidado su abrigo, para cuando el sol descienda y cambie el color del paisaje local; y así emprende el recorrido asomándose a los negocios que desde sus vidrieras ofrecen gran cantidad de artesanías, que recuerdan la milenaria cultura Tafí, y las posteriores tribus que se asentaron en la zona y dejaron su impronta en la historia del lugar.
Luego de transitar los 107 kilómetros que la separan de la capital, San Miguel de Tucumán, está agotada, pero emocionada por recorrer los paisajes y el rico patrimonio cultural que Tafí del Valle ofrece. Por eso, luego de informarse sobre todos los lugares arqueológicos que puede conocer, se asegura de encontrar la manera de visitar el museo de La Banda, la antigua estancia y capilla de la orden de la Compañía de Jesús, en la que se conserva el legado cultural de los habitantes de la zona.
Tal vez, también intrigada por aquellas leyendas que alguna vez escuchó, se decida a conocer el Museo “Casa Duende”, para enamorarse de su peculiar construcción en forma de vasija y dejarse llevar por las historias que aún hoy movilizan la vida de los Valles Calchaquíes.
Hay infinidad de excursiones que puede realizar, como trekking y cabalgatas, o incluso sumergirse en el valle en camioneta 4×4, pero todas esas actividades las dejará para otro día, porque le parece primordial conocer esas piezas que constituyen un misterio para la humanidad: los menhires y sus incógnitas son la excusa perfecta para visitar la vecina localidad de El Mollar, y de paso conocer el embalse La Angostura, punto de reunión de la juventud que se adueña de aquel espejo de agua para la práctica de deportes náuticos.
La hora de comer se trata de toda una elección; la Viajera no se puede ir de aquel mágico lugar sin probar sus manjares. Hoy tal vez sea charqui o un buen locro, acompañado por vino patero, y de entrada, tamales o humita, aunque mejor las empanadas de queso, porque ella sabe muy bien que nadie que visite Tafí puede privarse de degustar el famoso queso que aún se prepara como lo hacían los jesuitas en el siglo XVIII.
Cuando se acerca la noche, la nubes que rondan las cumbres de los cerros durante el día le dejan su lugar a las estrellas que brillan en el cielo diáfano de Tafí del Valle. La Viajera Intrépida camina despacio de vuelta al hotel, contagiada por la tranquilidad de ese pueblo encantador, que al día siguiente, y al próximo también, seguirá ofreciendo su esplendida imagen de lugar detenido en el tiempo.