“Verde esperanza”, repite la Viajera Intrépida. Es un concepto de asociación grabado a fuego en el imaginario colectivo. Ella no lo entiende. A ella el color verde no le inspira esperanza, tal vez le inspira otras sensaciones: aire, naturaleza, vida. Bueno, pensar en eso siempre puede traer un eco esperanzador y, tal vez, de esa manera, sí puede llegar al concepto abstracto de ‘esperanza’. Esperanza en la vida, en el crecimiento, en el progreso, en la salud, en el amor… ufff, puede haber esperanza en tantas cosas, tal vez por eso cuando el primer grupo de colonos alcanzó esas parcelas de tierra allá por 1856, que se convertirían en su hogar en pleno centro santafesino, a orillas del río Salado, decidieron llamar Esperanza al nuevo pueblo, que surgiría un 8 de septiembre.
Aquel día se festeja la Natividad de la Santísima Virgen, y ese pareció ser el nombre correcto para la Iglesia principal del pueblo, que se construiría casi una década más tarde, cuando los inmigrantes ya comenzaban a trabajar las tierras. El estilo neorrománico de ésta contrasta y se combina con el Templo Evangélico, que también se localiza frente a la Plaza San Martín, con su neogótico alemán.



El Monumento a la Agricultura Nacional surge en el centro de las cuatro manzanas que forman el principal espacio público de la ciudad, ornamentado por hermosos ejemplares arbóreos, que luego se extenderán por el resto de la localidad, en la que los espacios verdes abundan y se mezclan con calles y bulevares, donde se levantan hermosos jardines y fuentes que decoran la ciudad.

La Viajera buscará los orígenes de Esperanza en el Museo de la Colonización, situado en el casco urbano. Allí se puede encontrar el inicio de todo, en los más de tres mil objetos recolectados por los vecinos. A través de fotografías, documentos, herramientas de labranza, elementos de la vida cotidiana y mobiliario, se narra la historia del proceso de colonización, cuando en 1853 se firma el Contrato de Colonización Agrícola, entre el entonces gobernador de Santa Fe, Domingo Crespo, y un empresario salteño, Aarón Castellanos (del cual el distrito departamental toma el nombre), para que tres años más tarde las familias provenientes de Suiza, Alemania, Francia e Italia comiencen a asentarse en la zona, formando la “primera colonia agrícola organizada” de la Argentina, a 35 km de la capital provincial.

El Museo de Arte “Héctor Boria” es una buena excusa para visitar la Casa de la Colonia, uno de los solares más antiguos, donde se levanta una edificación de estilo pintoresquista suizo. Otra opción es conocer el Museo de Ciencias Naturales, dentro del Colegio San José. Pero para seguir con la actividad que caracteriza a la zona, donde se festeja la “Fiesta Nacional del Agricultor”, el Museo de la Máquina Agrícola expone elementos de la historia del trabajo rural, testigos de la evolución sufrida en esta actividad con el paso de los años.

Cuando sale, la Viajera recorre el amplio espacio verde donde se erige este Museo: el Parque de la Agricultura; 12 ha hasta donde los habitantes de Esperanza llegan a recrearse. Los lagos, el Parque Infantil “El Leoncito” y el Laberinto hacen la delicia de los chicos, que encuentran su lugar en la Ciudad de los Niños. Luego de un paseo en bote, descansa en un banco, aunque transpira de solo mirar a todos aquellos que recorren el Circuito Aeróbico.




Otro espacio de recreación para los lugareños es el Balneario Municipal, donde se puede pasar el día nadando en el lago artificial. Pero hoy el agua no tienta a nuestra Viajera Intrépida; ella ha llegado a Esperanza para poder practicar eso que se conoce como “turismo rural”, y que permite conocer la ciudad de otra manera, alejándose de sus edificios modernos, de sus jardines y de la interesante movida nocturna y juvenil que detenta.
La nostalgia es dueña y señora, mientras la joven se acerca a los establecimientos de campo, muchos de los cuales ofrecen alojamiento. Esa debe ser una buena forma de empezar el día: el canto de los pájaros como despertador, la imagen del cielo celeste y los sembrados desde la ventana. El olor del pan recién horneado y las mermeladas que esperan para ser untadas. Y también el dulce de leche, ¡Qué delicia! La Viajera no deja de pensar en comida: el asado que comerá el mediodía, las empanadas criollas, la cerveza artesanal y, también, la torta alemana.
Es imperdible presenciar espectáculos de danzas nativas, o alguna destreza a caballo. ¿Aprenderá esta vez a ordeñar una vaca? ¿Y a preparar las mermeladas que tanto adora degustar? ¿Quién lo sabe?
Lo que seguro va a disfrutar será el paseo en sulky al atardecer, cuando el sol caiga por fin entre los sembradíos de los alrededores de la hermosa Colonia Esperanza.