
Muchos lo comparan con el Gran Cañón del Colorado, y parada en el borde de un altísimo acantilado, la Viajera Intrépida puede entender el porqué. Tantas veces filmado, ese enorme atractivo natural estadounidense forma parte del imaginario de personas que jamás han pisado la zona oeste de los Estados Unidos, pero que han viajado hasta allí infinidad de veces gracias a la magia del cine. Precisamente, es a causa de las películas que ella ahora puede imaginar, mientras camina por uno de los tantos senderos, que varias carretas surcan el rocoso suelo colorado y que algún cowboy, sobre su alazán, escapa de los temidos indios (porque ellos siempre son los malos). Sí, incluso la Viajera siente las flechas que cortan el aire, y mientras este valiente hombre huye, su sombrero blanco cae sobre un arbusto. Un sombrero muy parecido a ese que usa el guía que coordina al grupo y que intentará desentrañar los secretos del Parque Nacional Sierra de las Quijadas.
Ubicado a 116 kilómetros de San Luís, ciudad capital de la homónima provincia, y tras largas y burocráticas gestiones, se logró, en la década del noventa, convertir esta maravilla geológica en una zona protegida. De todas maneras, aún falta mejorar las precauciones y los servicios en el parque. Sabe que para llegar hasta aquí por la ruta nacional 147, se debe haber llenado el tanque de nafta, ya que no existen estaciones de servicio cercanas. En la pequeña población de Hualtarán, donde se localiza la entrada al parque (poco señalizada), se encuentra la oficina de control.
En su mochila la Viajera carga botellitas de agua mineral, aunque el sol ya la debe haber hervido. Los turistas que lleguen a la zona deberán proveerse de lo necesario, la proveeduría del parque no siempre está abierta. Hay zona de acampe y algunas mesitas, pero no pidan mucho más. Los circuitos se realizan a pie, y algunas veces (según la época del año y la demanda) se puede contratar guías que conduzcan al grupo por los circuitos, de diverso estilo y con diferente duración. Para realizar algunos, conviene estar en buen estado físico, que no es su caso, pero las ansias de disfrutar de este entorno pueden más.
Un baquiano narra las diversas teorías sobre el nombre del lugar, y en ese momento la Viajera se entera de que es probable que la vista aérea de las sierras, que se asemeja a una quijada, o las mandíbulas de dinosaurios, no tengan nada que ver con la toponimia local. En cambio, historias de bandidos que asaltaban a las carretas y se escondían de la ley podrían estar mucho más relacionadas. Al parecer, a estos hombres que preparaban asados y tenían predilección por las quijadas de las vacas, se los conocía con el nombre de “los gauchos de las quijadas”. ¿Será cierto? No importa, la leyenda ya forma parte del folclore provincial, y los visitantes parecen aceptarla felices.
Eras geológicas y formaciones de millones de años donde el clima y la acción de vientos y ríos marcaron diferentes ecosistemas; hay tanto por conocer de este inmenso parque de 150.000 hectáreas, pero la Viajera se pierde en la explicación, concentrando la vista en el panorama y dejando libre su imaginación, en la que cientos de dinosaurios caminan por ese mismo sitio donde ahora está parada.
No está muy equivocada, Las Quijadas ha sido, es y será, el paraíso para los paleontólogos. Desde árboles y raíces petrificados, material que indica la existencia de extensos bosques; peces fósiles; impresiones de platas; restos de crustáceos; hasta marcas de otros organismos que fueron dejando trazas a su paso. Las huellas de varias especies de dinosaurios fueron el primer indicio, allá por la década del treinta, de la existencia de restos paleontológicos. El tesoro del lugar: los esqueletos de Pterodaustro, una extraña especie de reptil volador, que indicarían la presencia de una colonia de estos dinosaurios alados.
Nuestra Viajera Intrépida no puede explicar la sensación que causa sentirse tan diminuta ante aquella imponente inmensidad. Apreciar las diferentes formaciones, los farallones, acantilados y las caprichosas formas que la erosión se ha dedicado a labrar, puede llevar horas, en las que además se desea tener la posibilidad de avistar algún animalito. La riquísima fauna y flora incluyen varias especies en peligro de extinción que encuentran aquí su refugio. La zona del Potrero de la Aguada y los Miradores son los lugares más visitados. En la entrada al Parque también se puede tener conocimiento de restos arqueológicos que pertenecerían a la cultura Huarpe.
Durante el atardecer, cuando el sol se encuentra en descenso y los visitantes desandan el camino, la Viajera Intrépida y sus compañeros se pueden detener una vez más, sentarse sobre alguna roca, entre la vegetación achaparrada, y alentados por una brisa fresca, seguir imaginando aventuras en el lejano oeste.