San Luis, La Carolina
By Argentina • Dec 12th, 2008 • Category: Turismo en Cuyo

Con más de 2000 m, el Cerro Tomolasta gobierna el valle. A sus espaldas el sol comienza a aparecer, tímido al principio, feroz avanzada la mañana. El río amarillento en seguida llama la atención de la Viajera Intrépida, que condujo los 80 km que separan San Luis capital de La Carolina.
Después de dejar atrás varias poblaciones que le gustaría volver a visitar, y saboreando un exquisito pan de campo que acompaña con unos mates mañaneros, la joven recorrió la ruta provincial 9, que forma parte del Circuito Serrano Grande, hasta ingresar, luego de un sinuoso acenso, en el bello Valle de Pancanta, con sus piedras de singulares formas, su inmenso colorido, y los saltos de agua que forman piletas ideales para descubrir con un poco de tiempo. Pero hoy no es el día, no hay tiempo, el destino de la muchacha es otro.
Ahora que ya está lista para comenzar la excursión, y mientras espera que algunas personas terminen de alistarse, se acerca hasta ese río de color ocre y pone en marcha su fértil imaginación. Cuántos hombres se habrán agachado sobre ese curso de agua, con un recipiente en las manos, como siempre se ve en las películas de cowboys, y habrán lavado, una y otra vez, los sedimentos en busca de una diminuta pepita que brille como el sol…
El guía local que los reúne a su alrededor contesta a la pregunta implícita de la chica de ojos soñadores: sí, aún hoy es posible ver a los ‘pirquineros’ (como se designa a los mineros que trabajan en forma solitaria) buscar oro de la misma manera en que lo hacían aquellas personas que, debido a la desatada “fiebre del oro”, llegaron a esta zona de la provincia de San Luis en procura del metal precioso.
Sí, la Viajera los puede ver, sacudiendo los recipientes varias veces con ese método rudimentario que habrán utilizado los primeros hombres que descubrieron las minas de San Antonio de las Invernadas, en las últimas décadas del siglo XVIII. Algunos años después, para regular la actividad, Rafael de Sobremonte, quien fuera gobernador intendente de Córdoba y del Tucumán (sí, sí el mismo que fue virrey; sí, el mismo que huyó con los caudales del Virreinato del Río de La Plata para “ponerlos a salvo”), intervino en el asunto y decidió trazar, al pie del Cerro Tomolasta, una villa a la que le dio el nombre de La Carolina, en homenaje al Rey Carlos III de España, perteneciente a la dinastía llamada “Los Carolinos”.
Las minas fueron explotadas por españoles y luego por una compañía inglesa, hasta que un día, la fiebre del oro bajó. Hoy el oro es casi un recuerdo del que siguen viviendo los pocos cientos de habitantes de la zona, en la actualidad renacida como polo turístico. Es que el turismo minero vio la veta, y no de oro precisamente, y hoy La Carolina forma parte de un interesante circuito, que incluye una visita a La Toma y a la Mina de los Cóndores.
Un par de botas amarillas de lluvia y un casco con linterna. La Viajera elige el azul, y ya planea comprarse uno para usar en su casa en caso de cortes de luz, de esos que sorprenden en épocas estivales y llegan para quedarse por un largo tiempo.
Cristalizaciones y estalactitas, caprichosas formas generadas por la naturaleza, aparecen en el camino, en esos túneles que han visto una época de gloria y que hoy solo cuentan la historia. Formaciones geológicas, maneras de trabajo y aquel olor particular a azufre que invade desde la entrada. Vale la pena sumergirse en aquella mina abandonada.
Durante la primera semana del año, La Carolina se viste de fiesta, homenajeando a su razón de ser: la “Fiesta del Oro” convoca a todo el pueblo a los recitales, campeonatos, búsquedas de tesoros y otras actividades culturales, que se realizan en esos días.
La joven desciende del cerro y una calle, la principal, la única, la conduce hasta el caserío. Construcciones de adobe y piedra, mucho verde y mucho cerro. Y aire, la Viajera respira ese aire puro que solo se puede encontrar en esos espacios del mundo que han sido bendecidos por la naturaleza. Las construcciones antiguas y el somnoliento ambiente le dan una imagen de pueblo detenido en el tiempo.
El chivito con chanfaina hace que se chupe los dedos, y combata la modorra con un paseo al Museo de la Poesía, creado en honor al poeta puntano Juan Lafinur, y luego una visita al Museo Minero “El Tomolasta”, en donde además de objetos relacionados con la mineralogía, se puede apreciar material lítico que fue encontrado en los alrededores. Es que además del famoso “circuito del oro”, La Carolina ofrece a sus visitantes más exigentes el llamado “turismo arqueológico”.
Nuestra Viajera Intrépida no pierde un minuto, un nuevo recorrido la espera. Próximo destino: la Gruta Inti Huasi.