Pocos lugares en el mundo reúnen a las especies naturales de una manera equilibrada, casi perfecta como en la costa junto al mar. En Argentina, el mar comienza a tomar forma en San Clemente del Tuyú, una de las catorce localidades del Partido de la Costa, adonde se accede, desde la ciudad de Buenos Aires por las rutas 11 o 2. Aquí, el Río de la Plata vierte sus aguas dulces para comenzar a ser parte del Atlántico y la naturaleza se muestra pródiga y generosa, permitiendo la convivencia del hombre, las aves y el mar.


San Clemente del Tuyú es llamado el “Paraíso de la Corvina Negra”, ya que es aquí donde se da esta especie en mayor cantidad y calidad. Está ubicado en el extremo sur de la Bahía de Samborombón y el extremo norte del Cabo San Antonio, donde se confunden singularmente el río y el mar.

Su historia está muy vinculada a la vecina localidad de Gral. Lavalle, en la conquista de esta indomable tierra de pantanos, médanos y cangrejales a comienzos del siglo XX. De la mano del hombre llegó el verde de los eucaliptos, álamos, pinos y otras especies adaptables al clima marítimo. Entre ellos el resistente tamarisco para fijar los médanos. Tuvieron un gran papel las grandes estancias de la época instaladas por toda la provincia para poblar Buenos Aires. Los primeros turistas fueron visitantes y amigos de la estancia El Tuyú, ubicada en Gral. Lavalle cuyas tierras, sin embargo, no llegaban al mar. También el Automóvil Club Argentino, una chacra llamada la Argentina y una sociedad de fomento, Unión Progreso de Ajó.

Después fue la conquista del mar, eterno y generoso, por medio de la construcción del puerto y muelles.


Hoy, caminar por las arenas de San Clemente es recuperar parte de la historia que no se cuenta ni se ve. Historias de barcos hundidos, navegantes y submarinos encallados. Es único y casi íntimo el encuentro entre el hombre y ese gran habitante planetario, el mar.

En San Clemente se puede pescar, navegar, vivir grandes aventuras entre médanos y bosques, o simplemente sentir la arena caliente bajo los pies mientras caminamos entre las cada vez más escasas y bellísimas caracolas.
En el pequeño puerto de pescadores encontramos rincones apetecibles donde degustar platos exquisitos de la gastronomía marina.

De allí, el paseo se extiende al Faro San Antonio, dentro del denominado Parque Termal “Termas Marinas”; o a visitar Mundo Marino, el Oceanario más grande de América del Sur.

Vale la pena recorrer kilómetros para llegar allí. Así como lo hacen miles de aves migratorias que vienen del hemisferio norte que descansan, se alimentan y continúan su camino, luego de haber viajado más de 10.000 kilómetros.
Un viaje que comienza y no tiene fin. Como el mar.