El cielo aparece encapotado al salir del hotel. Las nubes grises forman una masa inmensa que cubre los rastros de celeste y los preciados rayos de sol que disfrutó el día anterior. No anunciaron lluvia, pero nunca se sabe. “¿Desde cuándo el servicio meteorológico acierta alguna vez?”, piensa la Viajera Intrépida al subirse al auto. Cayastá aún no despierta; es muy temprano, incluso para ella, pero no tiene opción, debe alcanzar el Parque Arqueológico, porque luego un nuevo destino la espera.
Menos de 1 km separa Cayastá de las famosas Ruinas de Santa Fe La Vieja, como se conoce a este lugar, que en el siglo XVI albergó a la que luego se convertiría en una de las primeras ciudades de las posesiones españolas en las tierras de América del Sur, y formaría parte del Virreinato del Río de La Plata: Santa Fe.
La joven se interna en el Museo de Sitio apenas llega, descubre que esa será una mejor manera de completar la información que ya tiene sobre la fundación en 1573 y el posterior traslado de toda la ciudad a su actual emplazamiento. Causas y consecuencias del abandono y la mudanza serán explicadas en esta hermosa casona con techo de tejas “musleras” y un hermoso jardín que la rodea, por donde se puede empezar el recorrido.
Elementos del mundo prehispánico, pertenecientes a las tribus que habitaban la zona hasta que fueran despojados de sus tierras, y los primeros testimonios de aquel asentamiento moderno hasta el traslado, todo representado por elementos descubiertos bajo tierra cuando, en 1949, el gobierno provincial le encomienda la tarea de buscar los restos de esa primitiva ciudad al Departamento de Estudios Etnográficos y Culturales. No pasó mucho tiempo para que el grupo conducido por el entonces director Agustín Zapata Gollán cantara “bingo” al haber localizado las ruinas de uno de los templos y, luego, cerca de setenta edificios, lo que llevó a confirmar que realmente se trataba de la Santa Fe original.
La Viajera sale del Museo y se encamina a conocer este sitio arqueológico que fue nombrado Monumento Histórico Nacional, reconocido a nivel local e internacional, por ser único en su tipo. “Guau, toda una ciudad enterrada”, se dice la joven cuando pisa aquella zona desde donde se puede apreciar el trazado original. Calles y manzanas, todo demarcado, como Juan de Garay lo hizo en su momento, cuando plantó el Rollo Fundacional en el espacio elegido como Plaza de Armas, que debería haberse convertido con el correr del tiempo en el centro de la vida pública.
Los restos de aquella plaza, frente al río San Javier, que ha hecho un interesante trabajo de erosión en las costas, lucen una réplica del famoso Rollo. La Viajera sabe que en frente debería estar el Cabildo y del otro lado la Iglesia Matriz, que en muchas ciudades, que también detentan un trazado romano, con el paso de las décadas se terminaría convirtiendo en la Catedral.
En el solar que Garay había destinado para él mismo, aún se pueden ver restos del que fuera su hogar. Al lado, el Colegio de la Compañía de Jesús; por aquella época los padres jesuitas aún contaban con el prestigio necesario para ubicarse frente a la plaza, y aún no corrían el peligro de la persecución que luego los atormentaría.
Los templos de las demás órdenes religiosas se ubican en manzanas cercanas. La joven quiere conocer cada uno de ellos, pero sabe que, lamentablemente, no todas las ruinas se pueden visitar. Pero lo más interesante, los vestigios de la Iglesia de San Francisco, se encuentran protegidos de las inclemencias del tiempo, porque son las ruinas principales del Parque. En su interior, un pequeño cementerio recuerda la costumbre de aquella época donde los principales vecinos eran enterrados dentro del templo. Jerónima de Contreras, la hija del fundador de la ciudad, y su esposo, el famoso gobernador del Río de La Plata, Hernandarias, descansan en San Francisco. Bueno… descansan es un decir. Sus restos, y los de muchos más, están a la vista de los visitantes.


A lo largo del recorrido se pueden observar los cimientos de muchas casas de aquella época, pero con la idea de conocer cómo era la forma de vida de la colonia, dentro del mismo Parque se ha creado una casa ambientada como lo hubiese estado en el siglo XVII.

Complementando el itinerario, la Casa de Vera Muxica ofrece una idea aproximada de lo que los restos arqueológicos y testimonios escritos ya habían revelado. La manera de vestirse, de alimentarse y la vida doméstica en general es recreada en los cuartos que forman parte de la residencia.


Caminar por allí hace que cualquiera se pueda sentir atravesando el cuarto de los criados, se perciban los olores provenientes de la cocina, y hasta es probable escuchar las posibles conversaciones típicas de aquel entonces. Pero esto no es producto de la fértil imaginación de la joven, el sonido es real, y por eso la Casa de Vera Muxica es un interesante paseo interactivo.
El tiempo la apremia, pero a la Viajera Intrépida, que debe dejar en seguida las inmediaciones de Cayastá para alcanzar su próximo destino, le hubiese gustado conocer mucho más de estas Ruinas, porque si no hay como leer un libro histórico para sentirse en el pasado, caminar por entre restos de calles con siglos de historia, es una experiencia única.