El nacimiento de La Falda, una pequeña ciudad del centro del Valle de Punilla, se debe a dos sucesos definitivos: la llegada del ferrocarril y la construcción del Edén Hotel, principal referente de la incipiente ciudad hacia el año 1898.
Declarado Monumento Histórico Municipal y de Interés Provincial, y ubicado al final de la avenida que lleva su nombre, el Edén fue durante medio siglo el lugar de descanso y esparcimiento de las clases aristocráticas tanto de la sociedad argentina como de familias que venían del extranjero a disfrutar de los lujos que el establecimiento ofrecía.

Los registros de huéspedes que aún se conservan, comprueban que en este mítico lugar se alojaron científicos como Albert Einstein, poetas como Rubén Darío, presidentes como Julio Roca y Agustín P. Justo, y príncipes como el italiano Umberto de Saboya. Las instalaciones contaban con un cine propio, frigorífico y generadores de energía, el crecimiento de La Falda se construiría a la sombra de su influencia.

Pero el Hotel posee una particularidad: la de ser uno de los mayores íconos del nazismo en el país. Sus propietarios durante la Segunda Guerra Mundial, Walter e Ida Eichhorn, habían sido amigos personales de Adolf Hitler y de algunos de los oficiales nazis de más alto rango y firmes partidarios de la política nacionalsocialista.

Los Eichhorn habían llegado a La Falda en 1912 y compraron el Edén a otros alemanes que habían comenzado a explotarlo a finales de siglo. A partir de entonces, se iba a convertir en un majestuoso hotel de cien habitaciones y cuarenta baños; además de contar con un comedor para 250 personas, bodegas repletas, salones decorados con araña de Murano y mármoles de Carrara, donde las familias más aristocráticas de la Argentina llegaban con su propio personal de servicio a pasar largas temporadas.

En uno de los salones reservados del hotel, un gran retrato autografiado de Hitler presidía las ceremonias privadas de los dueños del establecimiento. Viejas fotografías de Arturo Francisco, el primer fotógrafo de La Falda, muestran el retrato rodeado de ofrendas florales, como si el salón fuera un lugar de culto.
Viejos empleados del hotel recordarían más tarde la imagen de la cruz esvástica grabada en los utensilios de cocina, así como los discursos del tercer Reich siendo transmitidos por radio gracias a la acción de una antena de onda corta levantada en el techo del establecimiento. Se dice que el mismo Hitler y otros oficiales de jerarquía se habrían escondido allí una vez vencidos.
El fuerte tinte alemán que tiene toda la localidad de La Falda, encuentra entonces sus orígenes en el nacimiento mismo del hotel. Afortunadamente, la ideología política que pretendía ser instalada por los Eichhorn a todos los habitantes del lugar, no ha dejado huellas. Pero es inevitable estar en el Edén y que no se erice la piel, de tan solo recrear mentalmente, por un instante, todas las escenas que pasaron por delante de esas imponentes paredes, los señoriales salones, las majestuosas escalinatas, sus amplias galerías y elegantes torres.
Una visita obligada para todo aquel que quiera conocer La Falda desde sus orígenes mismos.
Ludmila Pérez