
El panorama de Santa Rosa de Calamuchita que la ventana de aquella habitación de hotel ofrece a la Viajera Intrépida, confirma su buen tino para elegir el lugar donde podrá descansar durante sus vacaciones. La noche cae sobre la cabecera departamental y, por supuesto, sobre todo el Valle de Calamuchita.
Está agotada por el viaje, y la ducha restauradora parece haberla dejado aún más debilitada. No pudo dormir casi nada en el trayecto desde Buenos Aires hasta la ciudad de Córdoba (710 km.), capital de la provincia del mismo nombre, y tampoco quiso cerrar los ojos durante los 110 kilómetros que la separan de Santa Rosa; el paisaje es demasiado bello para recorrer el camino dormida. Apenas pudo admirar algo del hermoso y clásico lugar de veraneo, el mayor poblado de la zona, que guarda entre sus calles una riquísima historia, y fue elegido por ella porque está situado en el centro del Valle, y se presenta como el punto ideal para hacer base y así poder recorrer las localidades cercanas.
La Viajera sabe que las cortas distancias facilitan el desplazamiento de los visitantes, y es quizás por eso que el Valle de Calamuchita es una de las zonas más turísticas de una provincia que, ya de por sí, podría ser considerada, precisamente, como una de las más turísticas de la Argentina. Es que esta provincia de la zona central del país presenta en toda su extensión paisajes típicamente serranos, con gran cantidad de ríos y arroyos y un espectacular clima que hacen las delicias del viajante.
El mapa está desplegado sobre la cama y requiere un análisis en profundidad, ya que ella es demasiado organizada para dejar elementos al azar. Ya sabe que recorrerá la ciudad en un día, pero el resto lo dedicará a conocer las zonas aledañas de este valle enclavado entre dos conjuntos serranos: las Sierras Chicas al este, y las Sierras Grandes, más conocidas como las Sierras de los Comechingones (habitantes originarios de este espacio de ensueño), al oeste.
El “Valle Azul de los Grandes Lagos” lo llaman los entendidos y tienen mucha razón, piensa la muchacha, mientras recorre con su dedo las rutas trazadas en el mapa, que serán las mismas que la conduzcan a visitar algunos de esos arroyos, ríos, lagos y embalses que abundan en la región. Y ya planea practicar windsurf en algún espejo de agua, producto de las centrales hidroeléctricas construidas para producir energía y que, de paso, son aprovechadas como atractivos turísticos. Los deportes náuticos y la pesca son las actividades preferidas de los que se acercan al Dique Los Molinos, ubicado al norte, allí donde comienza el Valle, o al Embalse Río Tercero, que con sus 6 mil hectáreas es el más grande de la provincia. En sus costas se levantan varias localidades como Embalse, Villa del Dique, Villa Rumipal y La Cruz. Allí la Viajera ya planea pasar la tarde, leer un libro bajo alguno de los hermosos árboles que bordean el agua y, sobre todo, descansar.
Espera tener algún día nublado, para poder dirigirse a conocer Amboy, que según le dijeron parece un pueblo detenido en el tiempo. Además aprovechará para acercarse a El durazno y a Yacanto, y animarse a emprender alguna excursión que la acerque al Cerro Champaquí, el más alto de Córdoba.
Por Villa General Belgrano solo dará una vuelta, porque ya tiene planeado un viajecito en octubre para asistir a la Fiesta Nacional de la Cerveza; aunque ahora que se enteró que hay otras festividades que celebran al chocolate y a la masa vienesa, tal vez cambie de fecha.
En el sector noroeste del Valle localiza varios atractivos (Los Reartes, Villa Berna, Villa Alpina), pero La Cumbrecita llama poderosamente su atención. Tal vez porque las guías de turismo la describen como una “villa alpina”, o quizás porque es el primer pueblo peatonal de la Argentina. Lo que sea y como sea, merece una visita y un chapuzón en su famosa Olla.
La Viajera Intrépida ya está en la cama, contenta del destino que eligió, porque siente que si es descanso lo que ha estado buscando, el Valle de Calamuchita cumplirá sus deseos. Una buena infraestructura hotelera y de servicios, algunos pueblos criollos y otros de marcada influencia centroeuropea, y un gran calendario de festejos hacen de esta zona un destino que se puede aprovechar durante todo el año y, por supuesto, apreciar la belleza de sus paisajes que invitan al relax.