Cafayate y Quebrada, Serenata viva

Durante el mes de febrero de cada año, cuando el verano ya casi termina, pero nadie quiere despedirlo, en el corazón de los Valles Calchaquíes, se entonan las gargantas con vino tinto, se templan las cuerdas de las guitarras (arte bien salteño)

y los corazones se abren para celebrar la fiesta más imponente de la Quebrada: la Serenata a Cafayate.

Ubicado a 186 Km. de la capital salteña, en el noroeste argentino, Cafayate es la puerta del Valle Calchaquí. Sus 1.570 km2 han sido dibujados pacientemente por la mano de la naturaleza a través de los siglos, creando una obra difícil de olvidar por el visitante. Se llega desde la ciudad de Salta, por la ruta nacional 68, atravesando pueblos coloniales, formaciones rocosas y figuras que preparan la experiencia de vivir la maravillosa Quebrada de Cafayate. También se accede por la ruta nacional 40, desde Amaicha del Valle en la provincia

¿Por qué hablo de Quebrada y de Serenata? Porque es justamente eso lo que recomiendo: visitar Cafayate en época de Serenata. No sólo se embriaga uno con el paisaje y el vino, sino con la música, las zambas y las tonadas al amanecer. Uno puede entonces sentir que la felicidad existe. Las calles silenciosas hasta ese momento, son invadidas por visitantes y lugareños. Estos últimos salen a recibir, con esa calidez y hospitalidad propias del Norte.

Entonces, unos mates en la plaza central frente a la Iglesia Colonial de otros siglos, donde descansan curas y obispos y “gentes de clase” o un buen vino “pa entonar la garganta”, sirven para dar la mano, y buscar el encanto de la Bodega. O la Bodega Encantada, que es lo mismo. Porque así se llama este escenario donde se realiza el festival folklórico de mayor envergadura en la provincia de Salta, con artistas y músicos del más alto nivel

Así es Cafayate, en tiempos de Serenata, habitada por más de 11.000 almas que invitan a descubrir el secreto de los duendes vallistas en las noches de Serenata.

La fiesta se completa con ferias, las artesanías, la degustación de comidas regionales y vinos típicos, y el abrazo amigo de los residentes en los patios de las casas añejas, que guardan en el adobe de sus paredes el mensaje milenario de los siglos.

El valle, vibra entonces entre bombos y guitarras, rodeado por la blancura de los médanos, por ríos y viñedos. Y es ya una tradición recibir el Sol con los acordes del chango Bazán y la voz amanecida del cantor eterno del pueblo. El Chaqueño Palavecino, al grito de “Aleeeegraaaate, CA-FA-YA-TE”

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